Este tema genera mucha más inquietud que trabajo. Una tarde con los ajustes y una conversación sobre las normas de casa cubren la mayor parte; el resto son matices.

Las familias llegan a este tema en dos situaciones distintas: algo ha ocurrido, o no ha ocurrido nada y la preocupación se ha vuelto difícil de manejar. El consejo útil no es el mismo en los dos casos, y casi todo lo que se escribe los trata como si fueran el mismo lector.

Qué hacer primero

Uno: configure el aparato en el que su hijo pasa más tiempo, con la guía de esa plataforma concreta. No el que más le preocupa a usted, que suele ser otro. Un cuarto de hora, una sola vez, y desaparecen de golpe la exposición accidental y el gasto sin límite.

Dos: acuerde en voz alta tres normas de casa, sacadas si quiere de las reglas de oro, y que una de ellas sea la promesa de que contarlo nunca empeora el castigo. Esa frase decide si se entera pronto o tarde del siguiente problema, y con ello casi todo lo demás.

Tres: el móvil se carga por la noche fuera del dormitorio, el de los adultos incluido. Es el límite con la evidencia más clara detrás y el único que sobrevive a la adolescencia.

Por edades, a grandes rasgos

Hasta los ocho años funcionan los ajustes contundentes y las normas de sitio: pantallas en habitaciones comunes, sin acceso a la tienda, contacto solo con personas que usted pueda nombrar. A esa edad las abstracciones no llegan y las normas físicas sí.

De nueve a doce, las clasificaciones por edad empiezan a hacer trabajo real y el dinero se convierte en el asunto vivo, normalmente a través de un juego y no de una tienda. Es la franja en la que los límites por aplicación rinden más.

De trece a quince, un aparato muy cerrado juega en su contra: cuanto más candado, más atractivo resulta un aparato sin vigilar. Afloje a propósito y dígalo. Por encima de quince, los ajustes que siguen valiendo son los de dinero y privacidad.

Si algo ya ha salido mal

Guarde primero las pruebas. Capturas del mensaje, del nombre de usuario y de la hora antes de bloquear o borrar nada, porque las cuentas desaparecen y se llevan su contenido. Después bloquear, después denunciar en la aplicación, y después hablar.

No retire el aparato como respuesta a que su hijo haya sido el objetivo. Es el impulso más común y enseña justo lo contrario de lo que hace falta. Resuelva el incidente, mantenga la norma, y si hay amenaza, extorsión o petición de imágenes, eso es asunto de la policía y no del colegio.

Qué se puede dejar tranquilamente

Casi todo el vocabulario alarmante. A una familia no le llega prácticamente nada por vías exóticas: le llega por un mensaje, un inicio de sesión regalado, una compra que nadie aprobó, o una conversación que se mudó a un canal privado.

También: los paquetes de vigilancia de pago que prometen verlo todo, y cualquier producto cuyo argumento sea que así no tendrá que hablar con su hijo. Venden la idea de que esto se delega en un programa, y no se puede.

Las dos mitades del trabajo

Los ajustes deciden qué permite un aparato. Los acuerdos deciden qué pasa en el móvil de un amigo, en una fiesta de pijamas, en el autobús: sitios donde no llega ninguna configuración.

Las casas que solo hacen lo primero se sorprenden cuando algo ocurre en otra parte; las que solo hacen lo segundo se sorprenden con un extracto bancario. Una tarde para cada mitad es una respuesta proporcionada.

Dónde seguir leyendo

Los temas que más aparecen en una casa tienen cada uno su página. Sobre lo que se ve de su hijo desde fuera: perfiles y huella digital. Sobre conversaciones: chatear con seguridad y mensajería instantánea. Sobre dinero: comprar por internet. Sobre convivencia: acoso en la red.

Y sobre lo técnico: filtros y control parental, virus y programas dañinos y evaluar una página web. Las palabras del tema están en el glosario.

Quien prefiera empezar por los ajustes y no por la lectura: elija el aparato que más usa su hijo y termine esa guía. Media hora, y quita de encima la mayor parte de lo accidental.

Qué hacer

  1. Configure el aparato que más usa su hijo, con la guía de esa plataforma.
  2. Acuerde tres normas de casa, incluida la promesa sobre contarlo.
  3. Saque el móvil del dormitorio por la noche, el suyo también.
  4. Ponga las compras detrás de un código que su hijo no le haya visto teclear.
  5. Deje el contacto en solo-amigos, en las aplicaciones y en los juegos.
  6. Ante un problema, guarde primero las pruebas y bloquee después.

Preguntas frecuentes sobre uso seguro de internet

¿Por dónde empiezo si solo tengo una tarde?

Configure el aparato que más use su hijo y después lea en voz alta las normas de casa y acuerde tres esta misma noche. Es progreso real y cubre más que una semana de lectura.

¿A qué edad un móvil propio?

No hay una edad que responda eso, pero sí una configuración adecuada para cada edad. Empiece por para qué es el móvil (volver a casa, un grupo de clase, una cámara) y abra solo lo que eso necesita.

¿Debo leer sus mensajes?

Abiertamente con un niño pequeño, sí, y dígalo. A escondidas no: consigue un descubrimiento y cuesta el canal que le habría traído los diez siguientes.

¿Cuánto tiempo de pantalla es demasiado?

El total es la cifra equivocada para discutir. Lo que cuenta es qué desplaza, el sueño en primer lugar, y si es del tipo de tiempo que tiene un final natural.

Mi hijo ha visto algo desagradable. ¿He fallado?

No. Casi todos los niños acabarán viendo algo que no les correspondía, configure lo que configure. Lo que decide el daño son los diez minutos siguientes: calma, no castigar el haberlo contado, y hablarlo con palabras llanas.

¿Tengo que conocer todas sus aplicaciones?

No todas. Necesita saber en qué dos pasa el tiempo, si ahí pueden contactar desconocidos, y si puede salir dinero. Esas tres preguntas cubren lo esencial.